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sábado, 5 de febrero de 2011

Claudio Ferrufino escribe desde Cuba se refiere a la visita de García Linea y reniega contra los Bush, los Morales (Evo y su clan) y contra Mubarak.

Notas desde Cuba

Escribir por ejemplo que las luces titilan a lo lejos. Y lo hacen en los bordes de la bahía de Jagua, en Cienfuegos. Al otro lado, una sombra que pareciera Hagia Sofía y que no es otra cosa que el esqueleto de un reactor nuclear perecido con los soviéticos, habla de que los tiempos cambian y los hombres debemos adecuarnos a las transformaciones. Evitarlo es impostura, no queda espacio para obsolencias y es deber nuestro rescatar lo bueno que se pueda y desechar la mierda.
Óscar Jordán Arandia me pregunta acerca de la importancia de la presencia de Álvaro García Linera en la inauguración de los premios Casa de las Américas. Han pasado dos semanas, amenizadas con la fraternidad de los cubanos auspiciantes, con el mar y el ron: añejo, siete años, añejo blanco, etc. que dan aroma de fiesta al trabajo y pienso... Fue un buen discurso y una buena presentación. Algo larga pero gusta a los políticos escucharse, como si no fuera suficiente haberse escuchado toda la vida. Pero así como a mí me gustan las mujeres regadas de ron a otros persignarse o enmelarse en el verbo con que los parió la madre.
Fuera de la cuestión histórica, que creo todos los de cierta tendencia analizamos de la misma manera, lo resaltante estuvo en el énfasis que el Vicepresidente puso en la necesidad de explotar pozos, talar bosques, etc, si el bien colectivo lo requiriese. O de la posibilidad, ya que son numéricamente superiores (textual: de tres millones a trescientos mil), de que las tierras bajas sean entregadas también a las etnias quechuaymaras, asunto que no ve como detrimento a las poblaciones guaraníes más pequeñas. Germen, a mi parecer, de etnocidio y ecocidio. Dotar de lugares protegidos por su biodiversidad a las transnacionales, otra vez, y a los cocaleros, punta de lanza de la revolución cuyos grandes beneficiarios son las mafias narcotraficantes, punta de lanza del peor capitalismo, ya que los réditos del tráfico de drogas enriquecen sobre todo a los bancos que captan cerca del 70 por ciento del criminal pingajo.
Yendo hacia lo literario. Suena precioso, a la vez que triste, saber y leer de y a autores que gastan su tiempo en hacer ficción. Tozudez de seres, incluidos nos, que por encima de los discursos hallan espacio para hablar de las cosas, grandiosas o mínimas, que nos rodean. Hombres y mujeres que muchas veces ni la esperanza tienen de verse publicados, pero que escriben porque tienen que escribir, porque de sus crayones gastados y malcuidados ojos se alimenta la existencia. Prometeos cuyos destrozados hígados enfrentan la debacle tecnológica que semeja la terminación de los humanos. Y un premio como éste, en un país atenazado por la modernidad y confuso en cuanto al futuro, implica algo, implica valor y constancia, de los hombres desarmados.
Te diría, Óscar, que admiro este esfuerzo, como admiré siempre la literatura cubana, desde alguna vieja tarde en que mi madre, en Colección Ayacucho, me regalaba El Siglo de las Luces, de Alejo Carpentier, con la dedicatoria de un hermoso libro para mi hijo Claudio, amante de todo lo bello... así era mi madre, que me trajo las calles de La Habana que hoy miro, los muros espesos de la feroz y persistente España, la negritud hundida y sin embargo tan febril, tan dinámica, tan ritmo y rebelión. Me regaló los edificios de Trinidad, la locura de Henri Christophe, Sans Souci, me abrió las hojas eternas de Martí, en verso y en ensayo, a quien tanto quería. Cuba y Haití, el son caribe, la santería y el vudú, el pueblo de Cuba que si no es negro, o un poco mulato, es tan español como los andaluces, bien lejano de mis sangres indias, melancólicas y subrepticias.
Respecto a mis proyectos para este año, te diría que los escritores no tenemos años, y que los vástagos crecen como la mala hierba o la yerbabuena, malos para las cosechas y perfectos para el sabor. Pero que mientras invento historias o las recuento seguiré echando ponzoña por las calles oponiéndome a los cabrones, a los Bush, los Morales, los Mubarak y el resto de la vertiente esquizofrénica de quienes se creen dioses.

Claudio Ferrufino-Coqueugniot es escrito
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