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lunes, 21 de marzo de 2016

Maggy Talavera desde El Deber se refiere al drama madre-hijo que desde hace un mes ocupa a la opinión, "obsesionados por revertir la derrota del referendo, no dudan en hacer escarnio ni respetar la humanidad de los actores" este mal hiere profundamente a una sociedad descorazonada, más parecida a la telenovela, tragicomedia o anécdota, que no toca el tema de fondo que es el tráfico de influencias.

Ningún esfuerzo parece bastar para lograr fijar la atención en temas que nada tengan que ver con el presidente Morales y la historia de desamor, cada vez más sórdida, que él vivió con quien era en el inicio solo una chica saliendo de la adolescencia. Cada día, desde hace más de un mes y medio, surge algún dato o un hecho que da pie a declaraciones oficiales y oficiosas que han convertido la revelación de un secreto, acompañada de una sospecha de tráfico de influencias, en un juego de poder macabro que está lejos de acabar, pero ya suficiente para terminar de desvelar la verdadera naturaleza de quienes nos gobiernan. Una naturaleza que está marcada por una característica que los distingue de las mayorías, y que es inherente a los impíos: la falta de compasión vista en el pensamiento que los mueve, en los sentimientos que manifiestan y en casi todas sus actuaciones. 

Ningún otro hecho contribuyó tanto a exponerlos tal cual son, reyezuelos desnudos, como el caso Evo-Zapata. Obsesionados por revertir la derrota sufrida en el referendo, para cuyo propósito les es indispensable sostener en pie e incólume al ‘tata Evo’, no han dudado en hacer escarnio público de la que consideran culpable de desvestir ‘al rey’. No han medido esfuerzos ni respetado límites en ese intento. Poco les ha valido la vida, ya no de una mujer, sino la de un niño que todos coinciden en reconocer, vivo o muerto, y menos aún el respeto a una población a la que acuden una y otra vez pidiendo votos y el aval a todas sus acciones, incluidos abusos de poder y fechorías. Al binomio madre-hijo se lo han pasado por el forro, mientras que a la ciudadanía la han degradado a categorías que van desde las trilladas ‘derechistas’ y ‘racistas’, hasta la novedosa ‘descerebrados’, escupida hace poco por otro ministro. Es una realidad preocupante, dolorosa, que hiere profundamente a una sociedad que, más que descerebrada, está descorazonada. Hace al sentimiento más profundo y válido que mueve a la gente. Algo que parece no ser aún comprendido por muchos estudiosos y analistas que insisten en restar valor a lo que llaman ‘telenovela’, ‘tragicomedia’ y aun ‘anécdota’, convencidos de que el tema central nada tiene que ver con el carácter impío de los gobernantes, sino solo con el tráfico de influencias y la corrupción. Como si estas no fueran frutos del primero 

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