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lunes, 22 de febrero de 2016

Harold Olmos analiza el gobierno de puno duro de Stalin y su denunciante hijo de campesinos Nikita Jruschhov que logró tumbarlo dando inicio a la Guerra Fría que durómás de medio siglo, que Rusia terminó como perdidosa. Venezuela quizo reinventar el Socialismo que hoy acusa la gran derrota con una nación sumida en el sumatorio de todos los males. útil recordar el experimento chavista que se cae a pedazos en Brasil, Argentina, Bolivia, Ecuador y Nicaragua.

En el salón atiborrado de delegados, muchos no creían lo que escuchaban y no lograban articular palabra. “…no es permisible, y es extraño al espíritu de nuestras convicciones, elevar a una persona, convertirla en Superman poseedor de características supernaturales, equivalentes a las de un dios. Ese hombre (“de actitudes rudas y desleales con sus camaradas”) es capaz de conocer todo, ver todo, pensar por todos; su comportamiento es infalible”. 

Hace 60 años, entre el 24 y 25 de febrero de 1956, fueron denunciados los horrores y las mentiras del dirigente georgiano que tenía a su país en el puño: Iósif Stalin. El denunciante era hijo de campesinos de la frontera ruso-ucraniana, Nikita Jrushchov, y ostentaba el cargo de quien había muerto tres años antes. A partir de ahí adquirió ciudadanía universal el concepto peyorativo de ‘culto a la personalidad’ por el cual a un determinado líder, exaltado por cortesanos y adulones beneficiarios del poder, se le asigna una condición imprescindible de ‘yo o el caos’.

El discurso ante el pleno del XX Congreso del Partido Comunista soviético fue secreto solo por pocos días. El servicio de inteligencia israelí consiguió una copia, la pasó al Gobierno de Estados Unidos y este la entregó a la CIA que, a su vez, decidió hacerla pública y aterrizó en The New York Times, que divulgó una de las mayores primicias periodísticas del siglo. De ahí partió la ‘coexistencia pacífica’, en la que competían el comunismo con el capitalismo. Ya sabemos el resultado, expuesto al caer el Muro de Berlín y, como en un dominó, todo el sistema comunista en Europa. 

Entre las críticas más agudas al estalinismo y sus variantes lanzadas desde América Latina están las del ensayista venezolano y entrevistador de televisión Carlos Rangel, que radiografió en Del buen salvaje al buen revolucionario (1976) y El tercermundismo (1982) los errores, ineficiencias y contradicciones del legado de Stalin aplicado por las izquierdas. Las dos obras están tan vigentes para nuestra región como lo estuvo la primera, que este año cumple su cuarta década con el mismo vigor analítico con el que nació. 

En busca de reanimar la idea socialista, Venezuela emprendió la ruta hacia la utopía. Armada de las finanzas de un país inundado de recursos, ha dado un retroceso de 100 años. Ahora está quebrada, inundada por la escasez y al borde de nuevas riadas sociales. El taciturno Rangel habría visto confirmado su análisis y Jrushchov descubierto que, en su patria, producir cohetes y AK-47 sigue siendo más fácil que hacer zapatos o mantequilla, la promesa con la que lanzó la lucha en ‘coexistencia pacífica’ que Rusia perdió

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