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domingo, 17 de marzo de 2013

no se deben aceptar fatuidades, lisonjas que ocultan intereses bastardos, por lo que orureños resisten actitud zalamera y piden reponer el JUAN MENDOZA que nunca debieron ignorar (El Deber, SC)


La única persona que puede detener la ola de protestas en Oruro, que amenaza culminar con el anunciado paro general indefinido departamental, es el presidente del Estado. Algo más, el presidente Morales pudo haber aplacado el malestar creado en esa ciudad, desvaneciéndolo con un gesto sencillo de desprendimiento, eso es renunciar a los halagos que una mayoría de la Asamblea Departamental orureña le otorgó para que el remozado aeropuerto Juan Mendoza sea cambiado por el suyo: Evo Morales Ayma.
El hecho es que no se puede aceptar honores fatuos, innecesarios, si estos no provienen de la libre voluntad de la población o de una institución. Hacerlo, recibir lisonjas sin medir su procedencia o tal vez ignorando intereses ocultos en la iniciativa, causa lo que Bolivia está observando hoy con mucha alarma: que los orureños se resisten a la actitud zalamera de los asambleístas del MAS y exigen la reposición del nombre original de su aeropuerto.
Un mandatario debe ser muy cuidadoso con eso de prestar su nombre para que presida las obras que se realizan durante su gestión. O conceder su investidura para títulos honoríficos de universidades o foros que no están a la altura de la dignidad de un gobernante. En primer lugar, porque las obras públicas que se construyen durante un período de gobierno no requieren otro homenaje que el reconocimiento popular a una administración eficiente. En segundo lugar, porque las distinciones académicas deben proceder de instituciones de prestigio, porque, de lo contrario, desacreditan a quien las recibe. Solo en dictaduras o satrapías donde se ha impuesto el culto a la personalidad, se ve este tipo de elogios, honores y halagos al líder. En esas circunstancias proliferan los monumentos, las fotografías, y el nombre del tirano está en calles, avenidas, plazas y en cuanta obra importante se construye. Eso es parte del espíritu de un gobierno totalitario donde la imagen del caudillo tiene que ser enaltecida a toda hora y momento.
Entendemos que no es el caso de Bolivia y por lo tanto extraña que últimamente el presidente sea objeto de adulos innecesarios, que producen una mala impresión en la ciudadanía. El jefe de Estado, de acuerdo con leyes vigentes sobre el particular y por sentido común, no debe permitir, menos alentar, que su nombre encabece las obras que se inauguren. Por el contrario, sería saludable que a quienes propician estas lisonjas los llame a tener una conducta digna

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