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sábado, 23 de enero de 2016

El Dia y El Deber extrañan las carencias de temas básicos en el informe de una década de Gobierno, Los Tiempos llama la atención y se felicita que al menos en un tema, el gas y el petróleo haya EMA reconocido que no todo salió como se esperaba.

Reconocer los propios límites y desaciertos es el primer paso hacia una actitud más humilde y ésta, a su vez, es una condición indispensable para la rectificación de conductas
El décimo aniversario de la gestión gubernamental encabezada por Evo Morales y Álvaro García Linera, que ayer se ha conmemorado, ha vuelto a tener, como los nueve años anteriores, en el extenso mensaje e informe presidencial su elemento más destacado.
En efecto, el presidente Morales se explayó, esta vez durante casi seis horas, ofreciendo de manera muy pormenorizada abundantes cifras relativas a los aspectos cuantitativos de la gestión estatal. Y al hacerlo, como también ya es habitual, más que a los resultados obtenidos durante los últimos 12 meses tomando como referencia el periodo inmediatamente anterior, como sería de esperar, ha preferido referirse a los 10 años transcurridos desde que se iniciara el “proceso de cambio” para contrastarlos con los años previos a su inauguración.
Que así haya sido es un dato muy significativo, pues indica que a pesar de que 10 años consecutivos a cargo de la conducción del país no son pocos, sigue siendo el cada vez más remoto pasado el principal punto de referencia de nuestros gobernantes. Evitan así una contrastación entre los objetivos que a sí mismos se fijaron y los resultados obtenidos, lo que dificulta mucho cualquier intento de evaluación objetiva ya no de lo que fueron los gobiernos de décadas pasadas, sino del actual.
A pesar de ello y a diferencia de informes anteriores, esta vez se ha podido percibir en las palabras presidenciales, aunque todavía muy levemente, una cierta visión autocrítica, algo que solía brillar por su ausencia. Y como no podía ser de otro modo, puesto que los datos de la realidad son abrumadores, ha sido la situación del sector hidrocarburífero, casi 10 años después de la “nacionalización”, la que ha dado lugar a un sincero reconocimiento de que los resultados distan mucho de los esperados.
Es muy bueno que así sea, pues se abre la posibilidad de una muy necesaria y esperada rectificación, aunque ello implique reconocer que por lo menos parte de razón tuvieron quienes durante los últimos años pusieron en duda la eficiencia de la política energética gubernamental. Y lo mismo puede decirse, aunque los gobernantes todavía no lo quieran reconocer, de muchos otros aspectos de la gestión estatal.
Es verdad que ese pequeño atisbo de visión autocrítica ha sido una muy breve y aislada excepción en medio del extenso mensaje presidencial, pero no por eso deja de ser probablemente su aspecto más destacable, pues se trata nada menos que de la base sobre la que se sostiene toda la economía nacional y, por consiguiente, el proyecto político que ha llegado ayer a su sexto año de ejecución.
Que así sea, que el Presidente del Estado haya comenzado a considerar la posibilidad de que no todos sus actos hayan sido perfectos ni todos los errores atribuibles a gobiernos anteriores, es un detalle que no por pequeño deja de ser importante.
Reconocer los propios límites y desaciertos es el primer paso hacia una actitud más humilde y ésta, a su vez, es una condición indispensable para la rectificación de conductas.

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