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martes, 26 de enero de 2016

son tantos los temas que Claudio Ferrufino propone que uno resulta confundido. me quedo con el de su visita a Cuba, maravillado por la naturaleza, todavía creyente en la Revolución Castrista comprueba la pobreza de sus gentes, todos le piden algo, pequenas cosas, un chicle, un dentífrico, los jeans, champú y los "pordioseros" que piden los zapatos, la camina, la lapicera al turista, todo "para matar los ideales"

Paso el sábado con lecturas y videos acerca del alzamiento, presidencia, exilio, guerrilla y asesinato de Francisco Caamaño Deñó, en la República Dominicana. Recuerdo un SIETE DÍAS de los años 70 que anunciaba su muerte. Una de las fotos, o la foto que acompañaba el texto, mostraba al militar con otros rebeldes. El pie de página rezaba: El “Ché” Caamaño Deñó, con la obvia comparación.
Luego leo a Montaner que describe a Evo Morales como una “calamidad”. Al menos Montaner es inteligente, no la rusticidad de García Linera con opiniones cada vez más ostentosas y mentecatas. No sabe otra cosa que los beneficios infinitos de la coca, sigue el cubano. Con razón.
Acá no existe aquello de que el rey ha muerto, viva el rey, porque este monarca que se trepó en la silla y construyó su nicho sagrado en ella, no muere. Si hemos de creer a sus acólitos, entre ellos García que es creyente además de exitoso comerciante, amén de pobre pitagórico, la eternidad lo ha bañado y ya no solo es argonauta, astronauta, eternauta sino otra pierna de la Santísima Trinidad que con él adherido se convierte en el Santísimo Cuadrúpedo. Dispone, según el vicepresidente, del interruptor para apagar sol, luna y estrellas. Nos privará, cuando quiera, del triste Neruda que no verá titilar más astro alguno.
Caamaño... De niño creía en él como creí en Guevara. Luego se progresa y si algo se aprende es acerca de la inutilidad de los muertos, al menos en América Latina donde los populistas de hoy profanaron cualquier halo de santidad y épica que tuvieron los sacrificados. Cabe pensar que si las crías son estas, cómo hubiesen sido sus progenitores dándoseles la oportunidad. Está Castro, la momia, el momio, para recordarlo. Siempre tuve un prurito en contra suya y poco creí en su barba que contradecía el falsete de su voz. Y en casa se decía, cuando murió Camilo Cienfuegos, que lo mató Fidel.
La primera vez que leí, muy joven, Las venas abiertas de América Latina quise llorar. Luego hice una tutoría en español con el libro y entendí, junto a mi lectora anglosajona, que no era más que un breviario que dejaba más en blanco que lo que cubría con palabras. Vale como mérito investigativo, pero es poco sólido.
Carteles con el rostro de Huber Matos cubrían las paredes de Cochabamba en la infancia. ¿Quién los colgaría? ¿Falange Socialista? Pero por un par de décadas fue el traidor. Al que asome la cabeza, duro con él, Fidel, Fidel. Matos la asomó. Sus memorias cuentan otra cosa, la apropiación indebida de los Castro del mérito colectivo, la divinización, el temprano culto de la personalidad, la cobardía y el acecho. Cierto, lo tomo de C. Wright Mills, que Estados Unidos tuvo gran parte de culpa en la forma en que aquello se desarrolló. Pero el germen existía y el déspota todavía se niega a morir. Los placeres terrenos, el oro y la lujuria del poder, no lo dejan abandonar el paraíso.
El paraíso, tema profundo en las luchas de liberación. Visité Cuba y para mí fue edén; país extraordinariamente bello, gente talentosa y de vasta cultura, amigable. Discutí con un marxista brasileño acerca del capitalismo aymara, que en lo personal era eso y no otra cosa, igual al imperial con diferentes matices. Nada pude contra la ortodoxia. “Evo” era Marx reencarnado y el dispendio, explotación y despilfarro plurinacional parte de la revolución...
Desayunábamos toda clase de cortes fríos, hormas de roquefort, camarones grandes como una mano, frutas, panes varios, jugos. Hartado salía a caminar para ser inmediatamente detenido por alguien obviamente miserable que pedía que le regalara mis zapatos, la camisa, la lapicera, un chicle. Este, el chicle, era buscado como pepita de oro y solo vi una tiendecita en el rellano del lujoso hotel que los vendía detrás de mostradores de vidrio.
Las mucamas pedían los jeans, el lápiz labial de la esposa, la afeitadora, pasta dental. Las aduaneras, al salir, preguntaban si nos quedaba algo de champú.

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