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lunes, 30 de junio de 2014

por una vez no concordamos con El Deber, las causas para el comercio informal pasan también por la educación, por la falta de una visión realista entre la población, no aceptan empleos normales, especialmente en los servicios y se van a la informalidad sin horario, sin disciplina, sin regla alguna...este aspecto importante además de los marcados por el Diario Mayor.

Recrudece un problema de vieja data: el comercio informal. Las vías aledañas, áreas verdes y espacios de circulación de casi todos los mercados y centros de abastecimiento de la ciudad están siendo invadidos por hordas de comerciantes que venden su mercadería al margen de la legalidad.

Su masiva presencia y creciente poder gremial amenazan incluso con adquirir visos de institucionalidad, sin que exista un plan integral para lidiar con ellos.
La falta de empleos estables y bien remunerados, la migración campo-ciudad, los bajos niveles de educación en ciertos segmentos poblacionales, las dificultades para registrar un negocio y el contrabando son algunas de las causas que empujan a la gente a ganarse la vida como vendedores informales. Tales características hacen que la problemática deba ser resuelta desde múltiples estamentos de la sociedad. 

Ya no bastan los operativos municipales de desalojo –con decomiso de mercadería incluido– para poner orden, para controlar, para evitar la proliferación de esta informalidad que trastorna la ciudad de muchas maneras.
Se puede empezar, por ejemplo, concienciando al consumidor de los riesgos y daños que provoca su decisión de favorecer con su compra al comercio informal en desmedro de los negocios legalmente establecidos. Atraído por bajos precios, el consumidor prefiere comprar al vendedor ambulante, pero ignora que el producto que adquiere puede resultar de mala calidad y que no tendrá derecho a reclamo alguno. Hay que promover la idea (y que se convierta en realidad) de que las compras legales otorgan protección y ganancias mutuas a vendedores y consumidores.

En el frente institucional, mucho se puede hacer para que los comerciantes informales decidan regularizar su situación jurídica. La simplificación de trámites de registros comerciales, tributarios y de licencias de funcionamiento sería un buen comienzo. Ni qué decir de políticas gubernamentales que fomenten la creación de empleos de calidad, capaces de atraer a gente que –en su necesidad– se inclina por el autoempleo precario de la venta callejera. El comercio informal, por su falta de sujeción a toda norma establecida, suele estar asociado a actividades delictivas como el robo, el contrabando, la evasión fiscal y la alteración del orden público. De ahí que este creciente mal, capaz de hacer colapsar numerosas zonas de la ciudad, debe ser encarado integralmente desde las instancias correspondientes, con acciones preventivas, disuasivas y correctivas

Consejo Editorial: Pedro F. Rivero Jordán, Juan Carlos Rivero Jordán, Tuffí Aré Vázquez, Lupe Cajías, Agustín Saavedra Weise y Percy Áñez Rivero

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