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domingo, 29 de julio de 2012

"el Estado Etéreo" describe El Dia, al mesías, el caudillo que llega a jugar fútbol, trae pelotas y estrena canchitas de pasto artificial, siempre repite lo mismo, sus completos, sus odios, sus ataques, va contra la legalidad de los que pagan impuestos, producen y exportan.


Está claro que el costoso avión de casi 40 millones de dólares no ha sido suficiente para sentar presencia estatal en todo el territorio nacional y obviamente, sumar dos helicópteros a la cuadrilla aérea tampoco alcanzarán para construir un Estado que anda por los aires, saltando de un pueblo a otro, inaugurando canchitas de fútbol y repartiendo cheques para proyectos que muy pocas veces terminan beneficiando a la población.

Para muchos campesinos y habitantes de pueblos alejados el Estado es el presidente, que cada tanto llega vestido de short y camiseta, acompañado de viejas estrellas del fútbol nacional y los entretiene con sus habilidades deportivas. Él es el mesías, el caudillo, el que les recuerda una historia llena de tristezas y les dice que todo lo malo que les ha ocurrido en el pasado y que les sigue ocurriendo, es culpa de otros, de los conquistadores, del imperialismo, de los gringos, de los neoliberales, de la derecha...

En esas condiciones al “Estado etéreo” no le hace falta más que una nave voladora (mejor si son varias) y un canal de televisión para reproducir el discurso “revolucionario”. Del resto se encargan los mismos pobladores, porque en realidad el Estado sigue ausente, no sólo porque la gente continúa sin escuelas dignas, sin hospitales decentes, sin servicios aceptables y obras indispensables para producir y prosperar, sino porque se ha vuelto invisible frente a las formas que los habitantes van buscando para asegurarse la supervivencia por cuenta propia, sin importar que estén reñidas con la ley. De eso se trata, desde el aire, el Estado se vuelve miope frente al contrabando, el narcotráfico y la corrupción que, paradójicamente comienza a carcomer y poner en peligro al propio sistema estatal, o lo que queda de éste, pero que sirve al menos para comprar los aviones, los helicópteros, el teleférico, el satélite y toda clase de objetos voladores.

Pero ese “dejar hacer, dejar pasar” que algunos fijaron como ideal del Estado liberal, en Bolivia se aplica sólo para la informalidad y el “cuentapropismo” ilegal del que obviamente se benefician connotados agentes gubernamentales que han convertido este paradigma en una política de estado. En Bolivia es cada vez más difícil mantenerse en la ruta de la legalidad. Los que producen, exportan y pagan impuestos, son rehenes de innumerables restricciones y trabas como aquella que impuso la Aduana hace unos días en Puerto Aguirre, la única puerta de salida directa del país hacia ultramar.

Lamentablemente el Estado sí existe para los opositores, para los que denuncian y se quejan de lo que está pasando en Bolivia y tristemente también cobra forma para los empresarios, emprendedores y todo aquel que busca cómo producir en este país de pedigüeños funcionales al Estado mesiánico que diariamente nos promete que las migajas lanzadas desde el aire nos van a convertir en Suiza.

El Estado que vive en las nubes durará lo que le dure la plata para repartir como panfletos para asistir a la “kermesse revolucionaria” que no ha parido ni un solo cambio estructural en esta Bolivia que necesita que le digan la verdad y la conduzcan hacia el camino de la productividad, la sensatez y la justicia.
Lamentablemente el Estado sólo existe para los opositores, para los que denuncian y se quejan de lo que está pasando en Bolivia y tristemente también cobra forma para los empresarios, emprendedores y todo aquel que busca cómo producir en este país de pedigüeños funcionales al Estado mesiánico que diariamente nos promete que las migajas lanzadas desde el aire nos van a convertir en Suiza.

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