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sábado, 27 de octubre de 2012

nadie puede desconocer la realidad. la red puede transformarse en distractivo que lleve a la evasión todo depende los usos y fines que le asigne al medio cada individuo. autoregulado, plenamente informado el ciudadano tiene el derecho de crítica, de censura o aplauso de los que gobiernan. García Linea hizo pésima letra al respecto


Un tercio de la población mundial ya está en Internet y el mundo virtual ya es una galaxia irreversible de nuestra cultura en la posmodernidad. Cómo navegar sobre sus océanos parece ser el mayor desafío de la sociedad contemporánea.
Internet es el espejo de la sociedad, con todas sus glorias y todas sus miserias. Así como se ha transformado en la gran biblioteca de Babel, parafraseando al gran Jorge Luis Borges, la web también es plataforma de execrables comportamientos: terrorismo, racismo, pederastia, bullying y el crimen organizado en general también están en la red de redes.
Diversas sociedades se están planteando qué hacer con Internet, cómo controlarla. Dos corrientes contrapuestas se alzan con argumentos sólidos en cada caso. La primera, más vinculada al precepto libertario, asegura que la regulación de la web no solo atenta contra la libertad y la democratización que significa este instrumento comunicacional, sino que es técnicamente imposible. La segunda, impulsada especialmente por regímenes dictatoriales o con sesgos autoritarios, señala que, en atribución al ejercicio de la soberanía estatal, es fundamental establecer controles y penalidades contra quienes utilicen la red con fines contrarios a la sociedad o contra sus autoridades.
Posiciones críticas sobre el uso de la Internet son las que plantean Nicholas Carr, autor de Un mundo distraído, y Mario Vargas Llosa, con La civilización del espectáculo. Ambos pensadores coinciden en alertar que la red puede transformarse en un instrumento alienante, de distracción más que de formación, que lleva a la evasión de los problemas reales de la sociedad y a la destrucción de una cultura asentada sobre pilares más sólidos.
Una tercera posición, más equilibrada que las anteriores, es la que plantea el semiólogo Umberto Eco, autor del ya clásico Apocalípticos e integrados, que señala que, como todo medio de comunicación, Internet no es buena ni mala en sí misma, sino que depende de los usos y los fines que le demos en nuestra vida cotidiana. Para ello, la educación y la autorregulación aparecen como las salidas al dilema que se plantea frente a qué hacer con la Internet.
En este contexto, la advertencia del vicepresidente Álvaro García Linera en sentido de que está anotando los nombres de quienes insultan al presidente Evo Morales en las redes sociales, no es más que una muestra del espíritu autoritario que domina a la actual gestión. Quizás habría que sospechar que estamos frente a un ‘vicepresidente distraído’ que se pasa las horas en la red en lugar de gobernar. Pero más allá de eso, su planteo –que promete materializarse a través de una ley– parece insulso desde el comienzo.
El propio García Linera ha reconocido que se trata de una “estructura planetaria inmaterial, imposible de ser controlada, imposible de ser sancionada, es como poner fronteras en el aire”. Señala, como salida, que se requiere un debate sobre cómo se usa la Internet en Bolivia y “ojalá emerja la autoregulación”, para evitar las expresiones racistas. Es cierto, ¿cómo van a determinar quién es el autor del delito si abrir una cuenta con un nombre falso es tan sencillo como comprar una hamburguesa?
Internet, cada vez más, es el gran vehículo para las protestas sociales, tal como lo hemos visto en la Primavera Árabe, el movimiento 15-M en España o el Occupy Wall Street en el propio Estados Unidos. Bienvenido el debate.
* Periodista y comunicador social carloshugomorales68@gmail.com

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